Calmar la mente

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Uno de los principales problemas retos de mi mente ha sido, desde hace bastante tiempo, la lluvia excesiva de ideas.

Me explico: desde siempre he sido una persona con mucha imaginación e inventiva, siempre con ideas nuevas y alternativas para casi todo. A cada situación, circunstancia o proyecto que se me presenta, voy teniendo ideas, ideas y más ideas durante días.

A priori esto es estupendo. Y sí, lo es. Refleja, entre otras cosas, creatividad. Y me encanta ser una persona tan creativa. El problema La parte no tan buena llega cuando me creo capaz -o pretendo- hacer todas esas imágenes mentales realidad. O al menos las que no son descabelladas. Y no sólo eso, sino que quiero hacerlas estupendamente bien.

Es en estos puntos en los que tengo que estoy tratando de mejorar.

 

De la trampa de la perfección ya hablé en este post y es algo en lo que me estoy cultivando más. Pero ojo, que no me refiero a hacer las cosas  a la ligera justificándonos en que “hecho es mejor que perfecto”. Lo que quiero decir es que, por supuesto, hay que hacer las cosas bien procurando dar lo mejor de nosotros y mejorando en cada paso, pero sin que la perfección se convierta en un lastre.

Sin embargo, lo de interiorizar que las ideas son sólo eso: ideas, pensamientos, conceptos, propuestas, etc. y que no porque se me ocurran quiere decir que tenga que convertirlas en realidad… En eso aún me queda camino por recorrer.

Para mí esa lluvia de ideas constante es, en muchas ocasiones, sinónimo de exigencia, nervios, estrés, inquietud… Inconscientemente mi tendencia natural es prestarles atención y ver de qué manera las puedo llevar a cabo. Y claro, con tanto ir y venir de posibilidades, mi cabeza no para de dar vueltas impidiéndome concentrarme y avanzar en lo que realmente quiero.

Nada fuera de la normalidad y que no le pase a más personas, estoy segura. Pero me resulta muy incómodo. Así que me he propuesto mejorar ese aspecto y aprender a desconectar y relajar la cabecita.

Como decía antes, me queda camino por delante, pero eso sí,  voy viendo avances. Poco a poco voy aprendiendo a calmar la mente. Y no sólo en esta circunstancia, sino en muchas más: problemas de trabajo, conversaciones ingratas, recuerdos poco deseables, estrés, compromisos… Aunque como en mi caso mi talón de Aquiles es el exceso de ideas creativas, de momento me he centrado más en este punto.

 

Estrategias para calmar la mente cuando las ideas me desbordan

  • Dejar de apuntar las ideas. Creo que es justo lo contrario de lo que suelen recomendar. Pero como estoy cansada de tener libretas y papeles por todas partes recordándome todas esas ideas “maravillosas” que no he llevado a cabo -con todas sus “cosas que hacer” y pasos a seguir para hacerlas realidad-, de un tiempo a esta parte he decidido dejar de hacerlo. Simplemente las dejo ir. Que mi ideas se vayan como mismo han llegado. Al fin y al cabo, creo que si realmente son tan estupendas, volverán a venirme en mente. Es algo así como hacer una especie de “selección natural” de mis ideas. Si vuelven más adelante, cuando sea el momento oportuno, estupendo. Si no vuelven, ojalá lleguen lejos, hasta alguien que esté dispuesto y preparado para hacerla realidad.
  • Compartir las ideas con alguien que creo que le puede interesar. “Regalar” mi idea a alguien que creo que le vendría bien o que encaja con ella me hace más fácil la tarea de dejarla ir. Es como que, por lo menos, no he dejado que “muera” en el olvido, sino que he sembrado la semilla por si a la otra persona le sirve para darle una vuelta, hacerla suya  y aprovecharla. Eso sí, en su mano queda si quiere regarla o no… (Reflexión mientras escribo: ¿es esto un poco egoísta por mi parte? parece como que escurra el bulto y deje la responsabilidad en otra persona… Sea como sea, como estrategia me funciona. Me libera de carga.)
  • Parar, respirar, relajar. Esta es, sin duda, la estrategia que más beneficios me está aportando. Cuando siento que mi cabeza empieza a ir a mil, saltando de idea en idea y fantaseando sin fin, me “obligo” a parar y dedicarme un tiempo para darme cuenta de lo que está pasando. Aprovecho para respirar un par de veces y para relajar cuerpo y mente, y cuando noto que el torbellino ha bajado de intensidad, vuelvo a lo que estaba haciendo.

A esta última estrategia, además, tengo que agradecerle que me haya aportado tanto como para lanzarme a escribir un libro en el que compartir algunas propuestas para animarnos a dedicarnos un ratito cada día a parar, mirarnos y cuidarnos, y a poner en marcha un proyecto de Inteligencia Emocional con la Asoc. Proyecto Sencillo relacionado con él.

 

Por supuesto hay muchas estrategias más para calmar la mente cuando sentimos que entra en “modo torbellino”  -sea por lluvia descontrolada de ideas, como en mi caso, o por cualquier otro motivo- pero estas tres son las que mejor me funcionan a mí cuando tengo “exceso” de creatividad.

 

¿Tú también eres de "exceso de ideas" o tu mente entra en "modo torbellino" por otros motivos? ¿Cuáles son tus estrategias para traer la mente de nuevo a la calma?

 

Por cierto, lo de las palabras tachadas del inicio del texto es otro ejercicio personal para tomar conciencia del lenguaje que utilizo (estoy intentando que no sea tan “dramático” o negativo). Espero que no te haya resultado muy incómodo…

Una celebración sencilla

una celebracion sencilla

Parece mentira, pero… hoy mi vida sencilla cumple un año.

La verdad es que no tenía pensado hacer nada especial para celebrarlo. Pero al final he decidido que al menos una pequeña mención se merece. Algo sencillo, pero con alma. Que ponga de relieve lo especial que es este proyecto y lo que he vivido, gracias a él, durante estos 12 meses.

Este blog nació como forma de expresar y compartir mis ideas, opiniones, reflexiones y vivencias. Y durante este año ha sido maravilloso haber ido avanzando y conociendo a gente estupenda por el camino. Personas con las que he compartido reflexiones y opiniones a través de comentarios o emails. Personas de diferentes países con las que comparto un proyecto eco precioso. Personas con las que he participado en actividades estupendas, promoviendo un estilo de vida más responsable y respetuoso. Personas con las que he hablado largos ratos en videollamadas. Personas con las que, incluso, he compartido meriendas o desayunos muy especiales…

Una cosa que me propuse cuando inicié esta aventura fue tomarlo con calma y seguir más a mi corazón que unas pautas, un orden o una rigurosidad establecidos. Por eso unos meses he compartido más y otros menos. Algunos, incluso, me los he tomado de descanso. Y por eso este blog es tan personal, al margen de obligaciones o listas de tareas “necesarias” para bloggers. Es lo que he querido o me ha apetecido en cada momento. Ni más, ni menos. Y creo que ahí reside su encanto.

Y por eso éste ha sido, sin duda, un año muy especial.

Al principio pensé que el hecho de no “obligarme” a nada sería la excusa perfecta para dejarme ir y no hacer mucho. Sin embargo, haciendo balance me he sorprendido de todo lo que ha dado de sí este año. Entre otras cosas:

  • He participado en la organización y realización de una feria estupenda en Las Palmas de GC, junto a un grupo precioso de personas que se mueven por el clima con una energía e ilusión estupendas
  • He comenzado a formar parte de Hola Eco!, una colectivo internacional de personas increíbles, movidas todas por las ganas de construir un mundo un poquito mejor
  • He co-creado una asociación maravillosa que me tiene enamorada
  • He escrito y publicado un libro -uno impreso, que se puede tocar!- que forma parte de un proyecto de dicha asociación, con el que he aprendido muchísimo y que me hace sonreír cada vez que lo miro
  • He creado vínculos muy especiales con personas maravillosas, que escriben blogs maravillosos y que me cargan de energía
  • He escrito 32 entradas en este blog -sin contar ésta- que si bien no es una cifra para alucinar, es más de lo que pensaba antes de hacer el recuento. Y lo mejor, es que de todos ellos me siento muy orgullosa, porque han sido escritos con mucho cariño y honestidad

 

Sí, seguramente podría haber hecho más. Pero probablemente habría sido forzado. Y si una cosa he aprendido es que cuando se fuerzan las cosas demasiado, terminan perdiendo esencia. Así que prefiero ir haciendo a medida que va naciendo en mí. Y cada día procuro prestar más atención a lo que siento y me apetece en cada momento.

Y no, el hecho de plantearlo de esta manera no ha provocado que “me duerma en los laureles” y no haga nada, sino que me ha servido para dejarme llevar y guiarme por lo que me apetecía en cada momento, disfrutando de cada pequeño paso hacia adelante.

Ahora comienzo un nuevo año de mi vida sencilla con mucha ilusión y nuevos proyectos en mente. Y por supuesto, con mucho agradecimiento a todas las personas que, como tú, leen lo que escribo y comparten sus opiniones o me escriben para contarme lo que les apetece.

¡Muchísimas gracias por este año maravilloso!

 

Ecología ambiental y emocional

Ecologia ambiental y emocional

“Padecemos mayor contaminación emocional que atmosférica. El ecosistema emocional humano, al igual que el natural, necesita urgente desintoxicación y preservación.”

Así empieza un libro estupendo que acabo de comenzar a leer. Un libro que habla de ecología, pero desde un punto de vista un poco diferente. De ecología ambiental, pero sobre todo de ecología emocional. Un libro que -aunque no he terminado- me está enseñando muchísimo.

 

La importancia de la ecología emocional

Ya de entrada la primera frase hace pensar. ¿Padecemos mayor contaminación emocional que atmosférica? Pues no me extrañaría, la verdad. Nos queda mucho camino por recorrer si hablamos de Inteligencia Emocional y ese desconocimiento nos hace mal.

Viendo cómo está el panorama ecológico medioambiental, tal vez resulta complicado pensar que nos tratamos y nos cuidamos -a nivel mental- peor de lo que estamos tratando a nuestro medio. Pero realmente sólo con echar un ojo alrededor o poner las noticias, nos bastan unos minutos para ver que, efectivamente, tenemos mucho que mejorar en el plano emocional -además de en el ambiental, por supuesto-. ¿Cómo si no se explicaría la continua violencia que vivimos? ¿Cómo si no podríamos explicar el índice de fracaso escolar, el incremento de tasas de enfermedades como la ansiedad, la depresión o el estrés, el empobrecimiento de las relaciones sociales…? Yo sinceramente creo que nacen de una pobre gestión emocional.

El caso es que, tras estos meses de blog y de aprendizajes -tanto a nivel académico como informal- he llegado a la conclusión personal de que, la ecología no es una cuestión meramente ambiental, sino que nace y se sustenta desde dentro, en el plano emocional y personal.

Lo que quiero decir es que, si realmente queremos ser ecológicos -o sostenibles- tenemos que enfocarnos no sólo a nuestro medio, sino que debemos empezar por trabajar también en nuestra mente.

Por supuesto que si queremos cuidar y respetar nuestro entorno, debemos enfocarnos en él. Yo por ejemplo lo he hecho estableciéndome un compromiso personal y asumiendo unas prácticas que considero que son las que debo hacer para cumplir con lo que creo y quiero. Pero a lo que voy, es que además de eso debemos sentar las bases trabajando también nuestra ecología mental, emocional. Y esto es: tratarnos mejor a nosotros mismos, comprendernos, cuidarnos, respetarnos, hablarnos bien… Sólo así lograremos avanzar. Sólo empezando por cuidarnos a nosotros mismos, conseguiremos hacernos cargo de lo que hay afuera.

O al menos esa es mi opinión.

Durante este tiempo de experiencia personal, los días o semanas que he estado más calmada y equilibrada emocionalmente hablando, he sido -con diferencia- más responsable con mis decisiones y acciones con respecto al medio ambiente. Esos días me ha resultado más fácil y gratificante cumplir con mi compromiso personal y llevar a cabo las acciones que personalmente he decidido que quiero realizar, para aportar mi granito de arena a cuidar el mundo en el que vivimos. Sin embargo los días más tristes y grises, se me ha hecho más cuesta arriba y no he sido tan comprometida como me hubiese gustado.

Es normal, ¿no? Cuando uno no se siente bien, no tiene muchas ganas ni energía y mucho menos le apetece realizar esfuerzos.

 

Trabajando la ecología emocional y ambiental

No se trata ahora de empezar a hacer un montón de cosas para cuidarnos a nivel emocional. No va por ahí la idea. Porque obligarnos a hacer más cosas es sinónimo de más estrés, más obligaciones, más ansiedad… y ya de eso tenemos bastante.

Se trata más bien de empezar a querernos, a hablarnos bien, a dedicarnos un ratito al día a nosotros mismos, a relajarnos… ¿Soy yo la única, o tú también te sorprendes castigándote cuando te das cuenta de que has olvidado traer la bolsa de tela al ir a hacer la compra? ¿O tal vez te enfadas y te hablas mal a ti misma cuando, por algún motivo, no haces lo que tenías planeado?  ¿Quizás, como nos ha pasado a todos alguna vez, pasas el día con un estado general de enfado y no recuerdas muy bien cómo empezó, o eres consciente de que se inició con una pequeñez que no merecía tanta atención ni energía?

Es a eso a lo que me refiero. Si pretendemos ser ecológicos y respetuosos con lo de fuera pero tenemos esta contaminación y mala educación por dentro, difícilmente lograremos lo que queremos. Porque este diálogo y trato interior insanos no nos lo va a poner nada fácil, y con mucha probabilidad, terminaremos agotados y tiraremos la toalla. O peor aún, nos obligaremos a seguir haciéndolo, pero con un coste impagable en términos de salud. Y eso no es ser ecológicos.

Yo entiendo la ecología como cuidado y respeto, y creo eso tiene que empezar necesariamente por uno mismo.

Creo que puede ser ideal ir avanzando de manera paralela en las dos esferas: la medioambiental y la emocional. Podemos empezar, por ejemplo, tomando conciencia de cómo nos hablamos y mejorar nuestro diálogo interior. Si somos capaces de lograrlo, haremos un gran avance. Y por otro parte, podemos empezar por reducir nuestro uso y consumo de plástico. O por controlar el malgasto de agua. ¡Hay tantas cosas que se pueden hacer! Y todas ellas son importantes.

A medida que vayamos avanzando en nuestros pasos iniciales, iremos un poquito más allá. Sin prisas pero sin pausas, como suele decirse.

Si empezamos a tratarnos mejor en el plano emocional, haremos las cosas que nos hemos propuesto en el plano medioambiental con otra predisposición, más bonita. En vez de hacerlo por obligación y porque nos machacamos para ello, lo haremos por disfrute, por placer, respetando y valorando nuestros fallos y disfrutando más de nuestros avances.

No es cuestión de obligarnos a ser unos perfectos ecologistas emocionales -ni medioambientales- de la noche a la mañana y de llenar aún más nuestras apretadas agendas con cursos, lecturas, listas y actividades para aprender a serlo. Se trata más bien de tomar conciencia y empezar a implementar algunas cosas que nos ayuden a tomar más conciencia de nuestras emociones y nos permita cuidarnos más y mejor. Porque a la larga será más beneficioso para todos.

Cada uno sabe las energías, el tiempo y las ganas de las que dispone. Como en el plano medioambiental, la ecología emocional es cuestión de ganas y compromiso. Y cada quien que determine los ritmos que mejor le vengan. Pero con ganas e ilusión.

Mi propuesta es empezar poco a poco, en ambos planos. Haciendo pequeñas acciones. Pero con miras siempre a mejorar y avanzar. Retarnos, sí. Comprometernos a mejorar y esforzarnos para lograrlo, sí. Pero tratarnos mal, nunca.

 

 ¿Tú que opinas?

Dar nos hace más felices

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Siempre me he sentido bien participando en iniciativas solidarias o haciendo acciones que  hacen felices a otros o que entiendo que generan un bien común. Imagino que a todos nos pasa, en realidad, aunque unas personas seamos más dadas a este tipo de actividades que otras.

Yo soy de las que disfrutan más -como norma general- dando un regalo que recibiéndolo. Y de las que, sin darme cuenta, toma decisiones pensando en los demás casi más que en mí misma. Intento ser justa y equilibrar la balanza en mis decisiones, de forma que me beneficien, pero sin perjudicar -o perjudicando lo menos posible- a los demás. A veces, de hecho, salgo mal parada…

Lo hago sin querer, la verdad. Decido las cosas en función de que me sienta bien con mis decisiones. Y normalmente eso pasa cuando siento que estoy siendo justa. Lo curioso es que no suelo darme cuenta de ello hasta que alguien me lo dice.

Así que si me preguntasen “¿tú crees que uno es más feliz cuando da, cuando busca un bien común, cuando participa de algo que genera un beneficio en los demás?” Yo respondería que sí, sin dudar. Pero claro, no tengo argumentos para justificarlo más allá de mi opinión, de mi criterio.

 

O no lo tenía, más bien. Porque hace unas semanas vi un documental de Redes que hablaba sobre el potencial de dar para ser más felices. En la entrevista, Michael Norton afirmaba que “efectivamente podemos alcanzar una mayor felicidad pero si lo hacemos invirtiendo en los demás en lugar de en uno mismo.”

Los resultado de una investigación que llevaron a cabo concluyeron que las personas que invertían un dinero que se les daba en los demás afirmaban sentirse más felices que aquellos que gastaban el dinero en ellos mismos. Hay mecanismos en nuestro cerebro que se activan cuando damos, cuando hacemos felices a los demás, y el resultado es que nos hace sentir mejor también a nosotros.

Así que si queremos ser un poquito más felices, podemos empezar por hacer cosas que beneficien o aporten algo a los demás. Es fácil y funciona. Y no necesariamente tienen que relacionarse con dinero ni que suponer mucho tiempo. Se puede participar en algún proyecto social, pero también se puede ayudar a alguien que lo necesite a cargar con unas bolsas, o dar de comer a algún animal callejero, o simplemente, sonreír y agradecer al pagar la compra, al terminar las gestiones en una oficina o banco, o al salir de la consulta del médico. La persona al otro lado lo agradecerá. Y tú también.

Hay muchas formas. Muchos pequeños gestos que dan mucho a los demás. Y que además nos benefician. Así que, si dar nos hace más felices, ¿por qué no empezar hoy con alguna pequeña acción? 

¿Cuál es la tuya?

 

Olvida tus sueños. Al menos de vez en cuando…

olvidar los sueños, vivir el presente

Está bien tener sueños. Pero no obsesionarse con ellos.

Hay mucho culto al “sigue tus sueños”, “tú puedes lograr lo que te propongas”, “lucha por tus sueños y se harán realidad”… Pero rara vez nos dicen “olvida tus sueños un ratito y simplemente vive”.

Y mientras estamos en esa dinámica de desear y agobiarnos por lograr lo que queremos, se nos olvida vivir el presente. Este instante. Este día. Es tanta la presión que nos ejercemos y nos ejercen desde fuera, que olvidamos que la vida ocurre momento a momento.

Tener sueños nos orienta a lo que queremos en la vida. Y está muy bien. Y hay que luchar por ellos. Pero sin obsesiones y sin prisas. Las cosas se consiguen con tiempo y constancia. Y mientras nuestros sueños se van cocinando a fuego lento, tenemos que aprender a vivir y disfrutar del ahora. De cada pequeño pasito que vamos dando para lograrlo y de los ratitos en que nos dedicamos al dolce far niente o simplemente a hacer otras cosas y recargar energía.

Tenemos que aprender a concedernos tiempo para parar, descansar y olvidar a ratos nuestros sueños -o deseos, que no son lo mismo… Pero de eso, si acaso, ya hablaremos otro día-. Ellos no se van a ir a ninguna parte. Y sin embargo nosotros necesitamos cultivar la capacidad de disfrutar más de las pequeñas cosas que vivimos día a día.  Porque, de verdad, son las que hacen la vida más bonita.

Reconocer y agradecer los pequeños placeres nos hace más felices y nos carga de energía para poder dedicar parte de ella a trabajar en la construcción de nuestro sueño.

Pero cuando estamos constantemente pensando en el futuro, en lo que deseamos, y no nos concedemos momentos de descanso es muy complicado lograrlo, porque el nivel de exigencia que nos imponemos y la dinámica estresante en la que nos metemos es tal, que nos agotamos por completo y no nos dejamos opción a errores, imprevistos ni dificultades -que aparecerán, sin duda-. Y casi lo más importante, perdemos de vista que durante todo ese tiempo que pasamos mirando al futuro y buscando logros con prisas, nos desconectamos del presente, y no nos damos cuenta que los días pasan y que estamos viviendo muchos de ellos sin prestarles siquiera atención.

Y lo escribo aquí para no olvidarlo. Porque yo soy era de las que querían lograr las metas en tiempo récord y me agobiaba -y agotaba- trabajando para ver resultados inmediatos, olvidando en el camino disfrutar del día a día.

Y lo comparto porque sé que como yo habrá más gente, que de tanto centrarse en lo que desea ha perdido de vista lo que vive.

 

Como decía el otro día, estoy en mi proceso de aprender a vivir sin prisas disfrutando más del día a día, y estableciendo sueños a más largo plazo, que me permitan ir despacio y disfrutando los logros, además de tener tiempo para parar y vivir el momento.

Es cierto que algunos días cuesta más que otros, pero está resultando una experiencia muy bonita.

 

¿Y tú, eres de las que olvidan a ratos sus sueños para disfrutar la vida, o de las que cuando se les mete algo entre ceja y ceja no paran hasta lograrlo, cueste lo que cueste?

 

Dedicado a S.
Porque justo el otro día estuvimos hablando de esto…

¿Imaginas vivir sin prisas?

vivir la vida sin prisas, más lento y bonito

 

Vivimos en un mundo tan rápido que hemos perdido la conexión con nosotros mismos.
Si no toda, al menos en gran medida.

Pasamos los días inmersos en un ajetreo constante, que nos impide tener apenas tiempo para otra cosa que para vivir con prisas. Los ritmos de nuestra vida los marcan el trabajo, las obligaciones, los pagos, los compromisos… y olvidamos que, realmente, lo más importante en nuestra vida es precisamente lo que más desatendemos: nosotros mismos.

Hemos automatizado tanto nuestra vida que hacemos la mayor parte de las cosas por inercia, incluso las de ocio. Muchas veces salimos o practicamos deporte porque está establecido así en nuestra rutina, pero ni siquiera estamos del todo presentes mientras lo estamos haciendo, sino que nuestro cuerpo está en un sitio pero nuestra mente está pensando en la siguiente cosa a hacer o en alguna preocupación.

Otras veces directamente hacemos varias cosas a la vez. Comemos mientras miramos el móvil o la tele, trabajamos mientras organizamos lo que vamos a hacer más tarde. Conducimos pensando en las cosas que tenemos pendientes. Pasamos la semana planificando el finde, y el año soñando con las vacaciones. Pero, ¿cuántas veces al día hacemos algo siendo realmente conscientes de lo que estamos haciendo y disfrutando realmente de ello, con cuerpo y mente centrados en esa actividad?

Sinceramente, yo pocas.

Bueno, ahora mismo algo más. Pero hasta hace algunos meses prácticamente nunca. Me pasaba la mayor parte del tiempo haciendo una cosa mientras mi mente estaba en otras. Anticipándome, preocupándome, quejándome.

 

PONER ATENCIÓN A LO QUE HAGO Y DEDICAR TIEMPO A MI MISMA

Hace algún tiempo que me he propuesto salir de esa dinámica de vivir con prisas y por inercia, y desde hace meses intento prestar atención a lo que estoy haciendo en cada momento. Reconozco que es bastante complicado, porque significa luchar contra lo que he estado haciendo durante muchos años. Pero también es cierto que una vez que te lo propones y a medida que practicas cada día, poco a poco vas tomando más conciencia de dónde está tu mente en cada momento. De esa manera puedes ver hacia dónde tiende a irse (está resultando un autoaprendizaje muy interesante) y puedes traerla de vuelta a lo que estás haciendo.

Además me he propuesto dedicarme un ratito a mí misma cada día.

 

Un día me preguntaron ¿tú cuanto tiempo te dedicas a ti misma cada día? y esa pregunta me dio mucho que pensar. Sinceramente, hacía bastante tiempo que no lo hacía. En la dinámica de hacer -y pensar- cosas durante todo el día sin apenas parar, rara vez encontraba el momento.

La verdad es que no tengo un tiempo fijo establecido para dedicarlo a mí misma, depende de lo que me apetezca en cada momento. Pero mi compromiso es hacerlo a diario, aunque sólo sean unos minutos para ponerme crema en las manos dándome un masaje. Para mí no es tan importante la actividad en sí, sino el hecho de dedicarme ese ratito y hacerlo con los 5 sentidos puestos en ello.

El hecho de parar y dedicarme ese momento a quererme y cuidarme, además de relajarme me pone de buen humor y me carga las pilas. Y como es lógico, eso repercute positivamente en mi estado de ánimo y en mi vida.

 

DEJAR DE LADO LAS PRISAS Y DISFRUTAR LAS NUEVAS POSIBILIDADES

La experiencia me está resultado tan bonita y enriquecedora ¡que hasta me he animado a escribir un libro! [+] Es un libro centrado en esas pequeñas actividades diarias que voy haciendo para reconectar conmigo y aprender a vivir sin prisas y más bonito. La idea es que pueda servir a más personas a encontrar la manera de parar y dedicarse un rato cada día.

No sé cómo quedará el resultado, pero está siendo una aventura de lo más motivadora y divertida. Eso sí, voy con calma, saboreando cada ratito que le dedico y procurando centrar mi atención en lo que hago en cada momento, sin anticiparme ni preocuparme por lo que viene después. A veces me cuesta y me pongo a fantasear sobre cómo será una vez terminado o cuántas personas lo leerán. Pero cuando me doy cuenta sonrío para mis adentros y vuelvo a centrarme en lo que estaba haciendo…

 

 

Y tú, ¿cuánto tiempo te has dedicado hoy a ti misma/o? ¿Cuántas veces te has regalado un ratito para parar y disfrutar de lo que estabas viviendo?
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